Como una bofetada de Mónica Bellucci
Así
juramos que sabe un sorbo de buena grappa italiana. Pega fuerte, pero nos igual
enamora. Este viejo digestivo, tan olvidado, tan despreciado, ha vuelto al
primer mundo con todo, rejuvenecido, con ropa cheta, nuevo corte de pelo y
más actitud que nunca para convertirse en el trago más fashion.
La base de
este aguardiente italiano son los orujos y hollejos de las uvas. Como con el vino,
las grappas dependen de la cosecha; pueden ser jóvenes y muy perfumadas
o envejecida en roble algunos meses. Ahora se llevan las grapas jóvenes,
blancas, translúcidas, pero la búsqueda de una mayor sofisticación
hizo que algunos productores añejen sus grapas, convirtiéndolas
en más complejas.
Pero a no
confundirse: es un destilado muy seco y fuerte, aunque cada vez más se
tiende a elaborarla menos alcohólica, más fresca y más perfumada.
De los 50 grados se fue bajando hasta los 38.
Gracias a los
amigos americanos y su viveza yankee, que los hizo reinventar el vino en base a
los varietales, ahora las grappas varietales gozan de mayor popularidad: hay grappas
Chardonnay, y de uvas italianas como el Prosecco, Nebiolo y Moscato.
Sus
fanáticos aseguran que es una bebida sana, que no hace trabajar el páncreas
porque no contiene azúcar, y es buena como digestivo después de grandes
comilonas.
La grappa debe
beberse sola y la moda indica que hay que servirla helada en gráciles
copas de corola abierta. Pero cuidado: no la mezcle con nada, so riesgo de
perder su volátil espíritu (de la grapa, no el suyo) A lo sumo, en
tórridas tardes veraniegas, puede servirla sobre cubos de hielo.
El queso, sencillo manjar
Está cada vez más caro, es cierto. Pero no
podemos dejar de disfrutarlo.
El genial gastrónomo francés Brillat-Savarin
escribió: "Una comida sin queso es como una mujer hermosa a quien
le falta un ojo".
Y tiene razón en más de un sentido: este
alimento tan popular (menos entre los orientales, a quienes les da asquete) es
parte fundamental de una dieta sana, además de un gran placer.
Dicen los que saben que en el queso se distinguen seis aromas
básicos: frutal, floral, resinoso, aromático, fétido y
quemado; y cuatro sabores: dulce, ácido, salado y amargo.
Y no hace falta ser un especialista para probar su
calidad: un golpeteo en la corteza de un queso duro o semiduro es suficiente
para saber si tiene "ojos" o es macizo; y en los quesos blandos, si
la masa se sale de su corteza al presionarlo, se trata de un producto de buena
calidad y óptimo estacionamiento.
Al momento de servirlo, sobre la tabla se los debe colocar en forma de
abanico, de suaves a picantes, y de blandos a duros. El orden ideal para ir
comiéndolos: primero los quesos de pasta suave, los blandos y luego los
más fuertes y los duros. Y como lo que sigue al queso es el vino, para
los quesos azules es preferible tomar un Oporto, con sus aromas intensos, un
blanco de cosecha tardía o cerveza; un queso fresco va bien con
champaña y vinos tintos; un queso de cabra, con un vino blanco joven y frutado;
nada va mejor con Cheddar que la cerveza; un Provolone necesita tener como
ladero un Cabernet Sauvignon o un Malbec; al Emmental le vienen de periquete los
tintos fortachones. Parafraseando al finado Borges: ojalá sea usted el
comensal que nuestros excelentes quesos argentinos estaban esperando.